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| 22 de julio de 2026 en el Zaidín |
Saben los lectores que hago porque este blog hable de cosas bonitas y positivas, pero ha veces que toca despachar una poca mala leche.
Ha sido una noche toledana durmiendo casi a 30 grados, ayer ese termómetro de la vía pública marcaba 50 grados en el Zaidín, y la cifra oficial en la estación de medición de Cartuja fue 44,3 grados, la más alta de España junto con otras dos ubicaciones granadinas: el Aeropuerto y Loja.
A estas alturas hablar de ola de calor ya es casi una coña, porque no salimos de una para entrar en otra. Y cada año sube más el termómetro, no me vengan con la monserga de siempre ha hecho calor en verano. Claro que el verano es caluroso, pero nunca ha sido así de caluroso. El inicio de julio me pilló de vacaciones en el Puerto de Santa María, y allí vivimos dos noches como no recuerdo en 10 años que estoy veraneando allí, luego aflojó, pero cuando me incorporé al trabajo de nuevo el día 15, ya me quería morir.
Un año más, España arde en verano, no es novedad, como tampoco lo es que la gestión de los incendios y del monte es competencia de las comunidades autónomas, muchas de ellas gobernadas por fuerzas políticas que recortan en efectivos de extinción de incendios (eso sí, dinerito para los toros que no falte), aparte de hacer gala de un vergonzante negacionismo del cambio climático. Luego queda muy bien pedir auxilio a la UME, esa que hace años se puso en marcha con el voto en contra de esas mismas fuerzas políticas ¿me siguen?
El colmo del cinismo de esto ha sido escuchar al presidente de la JJAA hablando de cambio climático a raíz de incendio en Los Gallardos, cuando hace cuatro días ha firmado un pacto de gobierno con expresas menciones de negacionismo climático. Y lo enviar un mensaje por ES-Alert a la población lo dejamos para otro día.
Así que vamos a salir ardiendo y no por combustión espontánea, es que le estamos echando todos los avíos al asunto. Y yo que quieren que les diga, estoy que ardo, de calor y de más cosas. La estupidez humana me prende. ¿En que cojones piensa la gente cuando vota? También los abstencionistas de no me representa nadie me inflan las gónadas.
Para más abundancia, ya de situaciones rocambolescas, el primer día que me incorporé al trabajo ya tuve un conflicto con una usuaria. Le pido una factura de suministro para el alta en el padrón (nada raro, lo habitual) y me despacha esta frase "a que me pides la factura, no ves que soy española, me has visto que tenga un nombre raro". El trámite para colmo tenía otros enredos adicionales que no viene al caso explicar, así que directamente me saltó "dame todo y no hagas nada, ya iré yo donde me lo hagan con enchufe que es como funcionáis". En medio de todo el tira y afloja hubo más menciones a su condición de española como excusa perfecta para omitir la documentación requerida, se nota bien que a esta persona le han sorbido bien el seso con eso de la prioridad. Yo en estas cosas le echo paciencia al asunto y no opino nada, lo que no evitó que se despidiera de mi con amenazas a que me buscará me abran un expediente y tal... además de terminar apostillando "además tú eres un rojo". Pues que novedad, pero ya me buscaré una camiseta para ahorrarle al personal las intuiciones. ¿Entienden porque ardo?
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| Mi próxima camiseta para estimular al público en la ofi. |
Pero bueno, no todo va a ser malo, aprovecho la coyuntura para recomendarles el último libro que me leí durante las medio-vacaciones (15 días). Así promociono a mi amiga María Jesús Peregrín.
Me bastaron 24 horas para la lectura de Soledades al filo de la pólvora, la última novela de María Jesús Peregrín. El ocio vacacional favorece la lectura ávida, no obstante hay que apuntar que este relato, que ayuda a mantener plenamente vigente el género negro novelesco, tiene una hechura en su narrativa que crea adicción y no puedes abandonar fácilmente su lectura.
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| Soledades al filo de la pólvora, novela negra. |
El protagonista, el inspector Martín Expósito, en puertas de su jubilación y a efectos prácticos retirado de la profesión, se planteaba un retiro en un pueblo perdido donde lamer sus heridas de una vida dedicada al oficio pero de la que no obtiene unos réditos personales particularmente halagüeños. Que la palabra soledad forme parte del título de la novela no es nada casual. A Martín Expósito le explota un nuevo caso en las manos y afronta el mismo más por lealtad a su superior que por apetencia, pero a la par otro caso adormecido durante 20 años aporta nuevas luces y sobras, y todo se entremezcla en un momento vital particularmente tormentoso.
El ritmo del relato es trepidante, no da apenas respiro, y la narrativa de María Jesús Peregrín presume de un estilo ágil y afilado, y casi con perfil de guión cinematográfico, facilitando la visualización de las situaciones y escenarios.
Hay mucho de crítica social en esta novela, de amargas realidades de nuestro tiempo, y el planteamiento de las contradicciones personales de quien a la par tiene apego a los valores de lealtad, y una integridad compleja con mucho examen de conciencia, un corazón endurecido por los sinsabores de la vida y la profesión.
No obstante no todo es negro en este relato, hay un importante poso de redención en el protagonista, que pese a todas las vicisitudes termina por tener paz consigo mismo, aún con una gran dosis de renuncia.
Totalmente disfrutable para soportar los rigores de este verano abrasador.



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